Serra de Tramuntana
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Serra de Tramuntana

La Serra de Tramuntana y la figura de Robert Graves

 
 
03.08.2017
 

En la Sierra de Tramuntana, cuyo paisaje es Patrimonio de la Humanidad, llegó Robert Graves en el otoño de 1929. Ya había escrito poemarios, su autobiografía y la vida de su amigo Lawrence de Arabia.

 

En Deià viviría hasta su muerte, con el paréntesis de la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial.

Llegó con la poeta Laura Riding, su segunda pareja, algunos fantasmas en la cabeza y muchas ideas para escribir…Sobre su vida, sobre su experiencia en la Gran Guerra, sobre el imperio romano, sobre las huellas mitológicas, sobre la Luna como diosa inspiradora, sobre paisajes...

 

Pero, sobre todo, sobre amores, desamores y anhelos de amor hechos versos impregnados de romanticismo en poemas de corte clásico, profundos y meditativos.

 

Como señala su hijo: “Casi toda su poesía venía de cierta desesperación por no sentirse correspondido”.

 

Decía en su poema La paja:

"Amor correspondido; pero mejor no correspondido

si este instrumento fortuito es un aviso

de lejanas angustias cataclísmicas.

Si ella tuviera paz al calor de mis recuerdos,

¿no permanecería firmemente mi mano en esta roca?

¿No habrá sido mi vehemencia quien la haya perdido?".

Versos con los que revivía amores y romances furtivos. Buscaba hacer retroceder la tristeza y la melancolía. Noches oscuras, días brumosos, sentimientos iluminados por la Luna. Laberintos emocionales.

 

Escribía todas las mañanas. Sus hijos lo sabían y ejercían de niños autoexiliados en el patio, en los jardines o en la huerta. “No le gustaba que hiciéramos ruido. Era un poco distante con nosotros”, cuenta William. “Después de comer hacía la siesta. Dormía con los brazos pegados al cuerpo, una costumbre que le quedó de la Guerra”.

 

La presencia de aquel niño llamado Robert von Ranke Graves, hijo de poeta, que aprendió a escribir al compás de los ritmos celtas y se hizo narrador, ensayista, mitógrafo y poeta de avasalladora obsesión lírica desde los 15 años sigue aquí, en Deià.

 

La casa se ve a lo lejos, tan pronto la carretera, salida de Palma de Mallorca, deja de serpentear y entra por el oriente a la Sierra de Tramuntana, esparcida de racimos de casas, mientras al occidente se ve el mar. Tras pasar por Deià, aparece la vivienda a los dos minutos. El letrero que anuncia el lugar está sombreado por una parrita y sus uvas aún verdes.

 

Un camino empinado se abre en dos. El de la derecha lleva a un estudio que muestra la línea del tiempo de Graves y lo que pasaba en el mundo, fotos suyas y un vídeo sobre su vida.

 

El camino de la izquierda conduce a aquel tiempo detenido que mira al Mediterráneo. Y se bifurca en el sendero hacia la casa de dos plantas, que muestra su hijo y que incluye su estudio, la pequeña imprenta donde imprimía sus obras, un salón con libros y “cartas de sus amigos, desde T. S. Eliot hasta Ava Gardner”; mientras el sendero del sur, añade su hijo, “lleva a la huerta, los frutales y los jardines que tanto él cuidaba”.

 

“En ese rincón Robert Graves trató de exorcizar el trauma que le dejó la Primera Guerra Mundial”, explica. Allí lo dieron por muerto el día de su 21 cumpleaños, en 1916. Su madre recibió la notificación.

Pero estaba herido en el Hospital de la Reina Alejandra, en Highgate. Así nació por segunda vez. “Ese pasado trágico se sumó al de su infernal tiempo en el colegio de Charterhouse donde fue perseguido por sus compañeros y se refugió en la poesía y el boxeo como defensa”, recuerda William Graves.

 

La amenaza de la tragedia y los jirones de amores desencontrados e incomprendidos cercaban siempre su corazón.

 

Quiso pasar página cuando llegó a Deià en 1929 en compañía de Laura Riding. Con ella nació por tercera vez. Dejaba atrás su matrimonio con Nancy Nicholson (y sus cuatro hijos), y una relación triangular tormentosa, además del recuerdo del poeta Geoffrey Phibbs, del que se había enamorado Laura y por quien ella intentó suicidarse.

 

Al oasis de Deià lo llamó Can N’Alluny (la casa lejana). Muchos no terminaron de entender su entrega a Laura Riding que ejercía de diosa absoluta de su mundo. Allí escribió obras como Yo Claudio y Claudio el dios. Y más poemas. Hasta que la Guerra Civil española, en 1936, los sacó de allí.

 

Graves volvió a Deià, diez años después. Era otro. La relación con Riding acabó a comienzos de la II Guerra. Naufragó. Hasta que lo rescató Beryl Pritchard. Fue su cuarto nacimiento. Tuvieron cuatro hijos, el mayor de ellos, William.

 

Él fue uno de los cuatro niños que aprendió a guardar silencio cuando su padre escribía, pero que entraba en tropel con ellos tan pronto la Luna dejaba su escondite para avisarle. Graves salía a la parte trasera de la casa en rumor de niños, levantaba la cabeza y ellos callaban mientras él hacía sus nueve reverencias.

 

En 1948 publicó La diosa blanca, su proyecto más ambicioso y preferido. Un ensayo poético, el rastro de la inspiración de la diosa en los mortales y en la poesía. “Pudo hacerse millonario repitiendo sus libros más exitosos, pero no quiso traicionarse”, cuenta William Graves.

 

“Los últimos 20 años perdió facultades y jugaba a ser él”, recuerda. Siempre arreglaba los tomates, los pimientos, estaba atento a los melones y los membrillos; cuidaba de las flores, incluidas las desdeñosas del azul Klimt de la alcachofa; o se sentaba en el columpio del algarrobo que sombreaba a un olivo.

 

Su tumba está allá arriba, en el cementerio de Deià. En una terraza de la montaña bajo un ciprés cuya lápida en tierra dice: Robert Graves: 1895- 1985, y en medio una sola palabra: Poeta.

 

Desde allá se ve el mar donde cae el sol y él se bañaba. “Casi todas las tardes se ponía un sombrero y bajaba a la cala”, narra su hijo. Quedaba en bañador, saltaba entre piedras bañadas de oleaje hasta llegar a una enorme roca asomada al Mediterráneo, que parecía un animal bebiendo mar, entonces se retrotraía a su juventud, cuando aprendió a escalar, se agarraba a aquel animal gigante con sus manos, avanzaba lento, sin que sus pies tocaran el agua, hasta llegar al morro para subirse en él y lanzarse al agua…. Nadaba en semicírculo y volvía a la orilla de su edén particular.